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GEORGE K... el blog de un Invisible Contador de historias...

Cada cinco o diez lunas (Dioni)

Aun no había terminado de quitarse el sostén cuando ya lo sintió encima de si. Hoy tiene el mismo olor a colonia fina pero antigua de siempre. Hoy lo siente tan suyo como todas las veces que la vida se lo pone al frente. Por eso ha decidido no preocuparse por nada. Solamente lo huele, lo prueba, lo acaricia con todo lo que tiene al alcance. El cuartico sucio de siempre hoy no le molesta. Están los mismos cuadros de mujeres desnudas con cuerpos tan extraños como nunca tendrá el suyo y que  se ríen y se apretan pechos tan firmes como los de ella nunca estuvieron. Los ruidos de los cuartos contiguos donde otras mujeres gimen por amor, por fuerza o por favor,  le llegan muy en segundo plano y tampoco le importan. El hombre ha empezado a montarla con la lentitud de siempre y luego ha empezado a aumentar el ritmo a medida que los cuerpos  se van empapando de sudor y de otros líquidos que huelen a lo de siempre: raro pero rico.

La música suave del radio que se prendió desde el interruptor pegado en la pared, no impide que a sus oídos lleguen las susurrantes palabras de su hombre. Cada silaba la hacen cerrar sus ojos y concentrarse en la melodía y en los sentidos que el discurso del hombre le quieren transmitir. Nuevamente le ha dicho que la sueña todo el tiempo, que su vida sin ella definitivamente no tiene razón de ser. Luego la besa una y otra vez, le apreta sus pechos caídos pero raramente hermosos, con la mano abierta cubre toda su vagina y luego la penetra con sus dedos como si buscase el alma dentro de su cuerpo. La mujer apreta sus piernas para que los dedos de su hombre no vayan a salirse. El hombre la besa otra vez y le dice que no quiere estar más solo. Que su casa le pesa y que quiere tomar decisiones. Ella acelera el ritmo de su cuerpo y con su mano izquierda toma el miembro del hombre y lo pone en la puerta. El hombre entra y con el  mismo ritmo cadencioso comienza a devorarla en silencio y con la respiración fuerte que sabe que la excita. Luego  le dice que necesita que ella se decida de una vez, que él siente que ya es hora de que vivan juntos, que no quiere seguirla amando y huyendo una vez terminan. Ella siente que las lágrimas escapan de sus ojos y lo besa en sus hombros mientras lo abraza con fuerza y le siente una y otra vez entrar y salir de su vagina. Lo ama. El hombre acelera su ritmo y la besa en las mejillas mientras al oído la obliga a que le jure que lo ama y a que le jure que se casaran cuanto antes. Ella le dice que si en medio de un beso largo, húmedo,  silencioso, justo en el momento en el que él ha terminado. Se dan un beso que se corta y luego cierran los ojos para intentar pensar. El hombre está agotado. Todo lo suyo está dentro de ella. Ella esta en silencio y lo mira fingir que duerme. Quiere que no despierte, quiere no abra los ojos y comience a vestirse tan aprisa como al comienzo se subió en su cuerpo. Sus deseos no son suficientes. El hombre abre sus ojos, se levanta como un resorte de la cama y se pone la ropa como si alguien lo estuviese siguiendo. La mira, le sonríe sin ganas, le besa en los labios sin meterle la lengua y le pide que se vista, que salgan, que es tarde. Todo ahora es distinto pero a ella no le importa; se viste sin ducharse, guarda sus joyas baratas en la cartera y el condón de siempre que como siempre, nunca usan. Luego lo mira con el mismo amor y lo acompaña a la puertica metálica del cuarto del hotelucho. Sabe que lo importante es que ella ahora está bien y que él hace un rato estuvo muy bien. Sabe que en el fondo, todo es verdad, que él la ama. Que él se quiere casar, que él quiere dejarlo todo por ella; no importa que el resto del camino no vuelvan a hablar, que el resto del camino él ni siquiera toque sus manos, que en el resto de la semana, él ni siquiera la vuelva a llamar. Lo importante es que el próximo viernes o tal vez el siguiente o tal vez en un mes, se volverán a ver, se volverán a amar y él, con la misma pasión de hoy volverá a prometerle el cielo, la tierra y la luna y para ella, igual que hoy,  eso será suficiente.

 

Septiembre 2005

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