En la Boca está el Amor (Francia)
Otra vez la luz de la oficina del Gerente está encendida. Ya son más de las nueve y el tipo aun no sale. Amelié tampoco. Ella entró antes que él y no saldrá hasta unos quince minutos después de que el Doctor se vaya. Siempre es lo mismo. Sixto tendrá que esperar que todo termine aunque ahora esté muerto de hambre. Todos los demás en la oficina saben lo que está pasando y les da pena por él pero no pueden hacer nada. Son casi cuatro años en los que la historia ha pasado una y otra y otra vez. Han llegado y se han ido varios gerentes y todos han continuado con el mismo rollo. La gente en la oficina cree que en el inventario de activos que le entregan a cada nuevo jefe, le escrituran el cuerpo y la vida de Amelié. Sixto, el esposo de la pelada, ya no habla con nadie para no soportar sus consejos, sus descargos de rabias ajenas y mucho menos sus burlas.
Amelié es una contadora pública titulada que trabaja como secretaria pero que ha aprendido a sobrellevar esa frustración; es una mujer joven, hermosa y alta que se casó enamorada de su Sixto y que ahora lo ama más que nunca y como lo conoce bien y sabe hasta donde puede llegar, está empeñada en no dejar por nada del mundo que al hombre le pase o le hagan algo malo. Sabe que él man no es muy brillante, que por si solo es poco lo que puede hacer y que pocos lo comprenden y lo soportan, pero ella lo ama de verdad, no importa que la gente crea lo contrario y no importa que el hecho de que ella ahora esté sentada encima del escritorio del Gerente, con su sostén dorado en el ombligo y con sus calzoncitos negros sobre la mesita de centro, diga lo contrario. Tampoco importa que el Gerente la esté penetrando una y otra vez sin hacer ruido y sin besarle los labios. Ella está firme en lo que deja sentir a su cuerpo y en todo el sentimiento que lleva en el corazón. Con todos los Gerentes ha sido lo mismo: les ha dejado que la tomen toda sin entregarse plena y les deja que le toquen todo menos su boca. Esa es sólo de su Sixto. Ella cree que es justo en los besos donde se da el verdadero amor, lo demás es sólo carne.
Sixto está afuera, está ingresando unos datos en el computador de la última oficina del segundo piso. Quiere adelantar trabajo y quiere matar el tiempo mientras espera que su mujer salga. Tiene la puerta cerrada para que el Gerente no lo vea cuando salga acomodándose la corbata y rociándose la colonia que evite que en su casa sepan que volvió a tener sexo callejero. Cuando ella salga, Sixto le dará un abrazo cálido y no hablaran de nada que les recuerde lo que acaban de vivir. Camino a casa pasarán por una pizzería y comprarán una de tamaño mediano de pepperoni y salami. En la casa la pelada comerá una o dos porciones que bajará con fresco instantáneo de guanábana y se duchará para borrarse las huellas que el Doctor le dejó por toda la piel; luego se dejará las tangas y una toallita rosa para cubrirse sus pequeños pechos y se acostará boca arriba para que Sixto le bese los labios una y otra vez y le haga un masaje en todo su cuerpo. Los masajes de su Sixto la vuelven a hacer sentir viva y bien.
Cuando ella descanse unos segundos, él irá a la cocina y le hará un té de coca que la termina de relajar y sólo cuando sienta que ella está tranquila, relajada y hermosa, le preguntará por lo que habló con el doctor y ella, como siempre, le dirá que todo está bien, que el hombre le prometió lo que esperaban pero que por favor esté más atento, que haga un esfuerzo por no cometer tanta cagada, que un día de tantos, ya ni su sensualidad de mujer joven, ni su cuerpo, ni su sexo incomodo de escritorio gerencial, podrán impedir que lo echen a la mierda. Por ahora ese seguirá siendo su pacto macabro aunque el mundo y el resto de gente en la oficina, se los devore diariamente con los comentarios, las burlas y las maldiciones. A ellos eso no les importa. Los dos saben que aunque el hogar es joven, desde ya tienen muchas deudas y muchos sueños por cumplir, y ahora más que nunca, necesitan de los dos sueldos.
Noviembre 2006
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