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GEORGE K... el blog de un Invisible Contador de historias...

Deja Vu (jazmin)

 

 Aun no se ha levantado. Tiene frío y se ha entretenido mirando las sombras que se marcan en el adobe que cubre el techo. La cobija huele a noche y tiene ese calorcito que no deja hacer nada. Por momentos le llega un olor a café recién colado, el mismo que sabe que su marido ha hecho antes de irse a trabajar y que ha dejado tapado con el limpión rojo de la cocina para que no se enfríe o para que no le caiga adentró ninguna de las alimañas del techo sin encofrar. Es la misma sensación que ella tuvo la noche que se casó con él y que llegaron a esa casa y a esa piecita. Esa noche estaba nerviosa, su cuerpo le sudaba todo y el olor de las rosas del ramo que le regalo la tía Tulia, le llenaban las narices de una sensación de desamparo. El hombre fue bueno con ella. La entendió, la acostó con suavidad, le besó el cuerpo con ternura, la desvirgó con amabilidad y luego se durmieron  pegajosos y felices. Al otro día ella se levantó tarde  y rodeada con los pétalos que quedaron del otro ramo que resistió hasta el amanecer y que el hombre puso en desorden pero con buena intención. Se sintió feliz, reina de su universo, ama de su propia casa. La limpió toda, la perfumó con aguas aromáticas de sándalo y fresas, le quitó el polvo a las paredes, despercudió los vidrios, quitó las manchas del sudor y la mugre de cabezas antiguas en las paredes, acomodó los muebles como los había visto en las revistas y luego, cuando estaban cerca las doce y el regreso de su hombre, preparó un almuerzo rico con sobremesa de fruta natural. Entonces se sentó en la sala a esperarlo con un ramo que improvisó con el amor de sus manos y que puso en la mesita de centro de la salita blanca, azul y beige. Hoy, como ese día su hombre se ha ido a trabajar, entonces ella deberá levantarse a limpiarlo todo, a quitar las telarañas y el polvo que alcance a percibir; luego  acomodará las cosas que los hijos regaron la noche  anterior, no limpiará lo vidrios porque el tiempo los manchó para siempre ni quitará el sudor y la mugre de las paredes para que el hogar no pierda algo del color que le queda y cuando lleguen las doce y la llegada de su hombre se acerque,  hará un almuerzo igual de rico pero sin sobremesa natural; entonces servirá el plato de él y lo dejará en la mesa cubierto con el mismo limpión con el que él tapó su café de la mañana  y luego se acostará otra vez, porque ahora, 14 años después, ya el amor no le alcanza para esperarlo sentada en el viejo sofá y mucho menos para hacerle un ramo de flores y colocarlo en la mesita de centro de la  salita que como casi todo en esa casa,  ahora también es gris. 
Octubre 2006

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